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1. Estar en el lugar de un ser creado en oración
En Lucas 18:9-14, se registra: “Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano». Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «Dios, ten piedad de mí, pecador». Os digo que este descendió a su casa justificado pero aquel no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado”. Es fácil ver en la parábola del Señor Jesús que el Señor aprobó la oración del publicano y detestó la del fariseo. Eso es porque este último trataba de lucirse y hacer una exhibición de sí mismo y enumerar sus acciones para Dios. Se colocó a sí mismo en una posición muy alta, incluso al mismo nivel que Dios. Negoció con Dios, se atribuyó el mérito de la obra de Dios, y carecía de la más mínima piedad ante Él. Carecía completamente de cualquier temor en su corazón por Dios, y esto despertó el desprecio y el odio de Dios. Pero el publicano era completamente diferente. Sabía que era un humilde pecador, así que en su oración tenía miedo de Dios y se puso al descubierto, reconociendo su propia corrupción y pidiendo sinceramente el perdón de Dios, y al final, recibió la misericordia de Dios. Dios tenía diferentes actitudes hacia cada uno de ellos debido a sus diferentes actitudes hacia Dios. Compare esto con nuestras propias oraciones.
A menudo tomamos la postura equivocada. Por ejemplo: A veces cuando nos encontramos con dificultades, sabemos que lo que hacemos no está en línea con las palabras del Señor, pero aún así estamos decididos a hacerlo, y en nuestras oraciones incluso queremos que Dios haga las cosas según nuestra propia voluntad. O bien, cuando cumplimos algo en nuestros deberes, como no traicionar al Señor cuando nos han arrestado, sentimos que somos alguien muy devoto del Señor, que le ama de verdad, así que cuando oramos, pedimos bendiciones o coronas, y si Dios no nos bendice, discutimos con Él. O, cuando nos enfermamos o algo terrible sucede en casa, en nuestras oraciones culpamos a Dios por no protegernos, e incluso intentamos razonar con Dios y ajustar cuentas con Él. La lista sigue y sigue. Todas estas oraciones le exigen a Dios y tratan de forzar su mano. Esto es explotarlo, culparlo, e incluso oponerse a Él y a su voluntad. Este tipo de oraciones carecen por completo de conciencia y razón, y orar así es resistir a Dios. Si nosotros como cristianos queremos que Dios escuche nuestras oraciones, debemos orar como lo hizo el publicano, pararnos en la posición de un ser creado, tener una actitud de piedad ante Él, y orar a Dios con la condición previa de ser obedientes. No deberíamos tratar de forzar nuestros propios deseos a Dios o exigirle que actúe según nuestra propia voluntad. Sólo debemos pedir que Dios lleve a cabo las cosas de acuerdo a su propia voluntad. Esta es la única manera en que Dios escuchará nuestras oraciones, y nos iluminará y guiará.
2. Orar a Dios con sinceridad y honestidad
El Señor Jesús dijo una vez a sus discípulos: “Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6:5-6). Podemos ver por lo que está escrito en la Biblia que cuando los fariseos oraban a menudo les gustaba elegir un lugar lleno de gente. Disfrutaban de estar de pie en las sinagogas o en las intersecciones para orar, y luego recitaban frecuentemente las Escrituras y hacían largas e insinuantes oraciones. Todo se hacía para que los demás lo vieran, para que los vieran como devotos y piadosos, y así ganarse la admiración de la gente y hacer que la gente los admirara.
Esa clase de oración no es más que exaltarse y presumir; es tratar de engañar a Dios. Por eso el Señor Jesús dijo que los fariseos eran hipócritas, y que sus oraciones eran hipócritas, detestables para el Señor. Al reflexionar, en muchas ocasiones cuando oramos, también albergamos motivos incorrectos. Por ejemplo, cuando oramos en las reuniones, no le hablamos a Dios de nuestras verdaderas dificultades o corrupción, ni le hablamos de corazón, tampoco le pedimos que nos guíe y nos dirija. En cambio, decimos palabras floridas y damos alabanzas vacías, de lo contrario recitamos capítulos de la Biblia o seguimos y seguimos hablando de las Escrituras, porque pensamos que quien memoriza más escrituras y habla con más elocuencia ora mejor. También pensamos que cuanto más a menudo hagamos nuestra vigilia matutina y nuestras oraciones vespertinas, o más oramos antes de las comidas y damos agradecimiento a la gracia de Dios después de comer, y cuanto más tiempo dediquemos a estas cosas, más espirituales y devotos nos volveremos. Pensamos que orar de esta manera está más de acuerdo con la voluntad del Señor. De hecho, orar de esa manera no es compartir nuestros corazones con el Señor y no es realmente adorarle. En cambio, es aferrarse a nuestros propios motivos y objetivos, y es para mostrar a los demás lo bien que buscamos cuando usamos esto para presumir. Orar de esa manera es simplemente hacerlo de memoria, hacer los movimientos, y es orar como un ritual religioso. Es ser indiferente a Dios y tratar de engañarle, lo que le repugna. El Señor Jesús dijo: “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). Dios es el Señor de la creación, así que cuando los seres creados oran ante el Creador, debemos tener un corazón temeroso y adorarle con sinceridad, aceptar Su observación y hablar con Dios abierta y honestamente. Sólo este tipo de oración deleita a Dios.
3. Ora para hacer la voluntad de Dios
En Mateo 6:9-10, 13 el Señor Jesús dijo: “Vosotros, pues, orad de esta manera: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad,así en la tierra como en el cielo. […] Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre jamás. Amén»”. Desde que la humanidad fue corrompida por Satanás, Dios ha estado obrando para salvar a la humanidad, permitiéndonos escapar del mal, permitiéndonos escapar de la esclavitud y el daño de Satanás, y finalmente permitiéndonos ser ganados por Dios. Así que Dios espera que la gente pueda venir ante Él y aceptar Su salvación. También espera que la gente viva de acuerdo con sus palabras y lo veneren por encima de todo. Por eso, en nuestras oraciones, no podemos hacer llamamientos por nosotros mismos. También debemos ser considerados con la voluntad de Dios, orar para que se haga la voluntad de Dios en la tierra, orar por la aparición del reino de Cristo en la tierra, y orar para que el evangelio de Dios se extienda a todos los rincones del mundo.
Este es otro camino de práctica por el cual la oración cristiana puede estar de acuerdo con la voluntad de Dios. Por ejemplo, cuando nos encontramos con diversas dificultades, burlas y penurias mientras difundimos el evangelio y nos sentimos débiles y negativos, debemos orar sinceramente a Dios y pedirle que nos dé fe y fuerza, nos permita abandonar la carne y superar todas las dificultades, y no estar sujetos a las limitaciones de las fuerzas enemigas. Cuando trabajamos y predicamos, debemos orar a Dios con una carga, pidiéndole que nos ilumine y nos guíe para entender Sus palabras, de modo que podamos compartir Su voluntad en la comunión durante las reuniones. Entonces podremos guiar a nuestros hermanos y hermanas en la práctica y experiencia de las palabras de Dios y llevarlas ante Dios. Cuando vemos cosas malvadas y sin escrúpulos hechas en la iglesia, debemos orar a Dios y pedirle fe y coraje, así como comprensión de la verdad para ver a través de los trucos de Satanás y defender los intereses de la casa de Dios. Y así sucesivamente. Si oramos frecuentemente para que venga el reino de Dios y se haga Su voluntad, y somos capaces de ofrecer nuestra propia fuerza para la difusión de Su evangelio, entonces Dios aprobará nuestras oraciones y estarán en línea con Su voluntad.
De hecho, hay algunas oraciones en la Biblia que obtuvieron la aprobación de Dios, como cuando el rey David quiso construir un templo para Jehová para que la gente pudiera adorar a Dios en él. A menudo oraba a Dios por esto, y luego lo ponía en práctica. Esas súplicas obtuvieron la aprobación de Dios, y al final David se convirtió en alguien de acuerdo con la voluntad de Dios. Después de que Salomón se convirtiera en rey y Dios se le apareciera en un sueño, preguntándole qué pediría, Salomón no pidió riquezas o una larga vida, sino que pidió que Dios le concediera sabiduría para que pudiera gobernar mejor al pueblo de Dios, y así su pueblo pudiera adorar mejor a Dios. Dios aprobó sus oraciones, y no sólo le concedió sabiduría, sino también las riquezas y una larga vida que ni siquiera había pedido. Está claro que orar para hacer la voluntad de Dios es una oración que está completamente de acuerdo con Su voluntad.
4. Orar a Dios con perseverancia y resolución, no perder la fe
Se dice en Lucas 18:1-8: “Y PROPUSOLES también una parábola sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar, Diciendo: Había un juez en una ciudad, el cual ni temía á Dios, ni respetaba á hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía á él diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Pero él no quiso por algún tiempo; mas después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo á Dios, ni tengo respeto á hombre, Todavía, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, porque al fin no venga y me muela. Y dijo el Señor: Oid lo que dice el juez injusto. ¿Y Dios no hará justicia á sus escogidos, que claman á él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá presto. Empero cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?”* Esta parábola muestra que cuando oramos a Dios para buscar la voluntad de Dios o pedir algo, no podemos tener prisa por Su resolución. Debemos aprender a esperar, buscar y obedecer.
Dios es todopoderoso además de práctico. No hace cosas sobrenaturales, pero Su obra de guiar y proveer a la humanidad se basa completamente en la estatura real de la gente, y se hace todo basado en lo que la gente puede alcanzar realmente. Mientras nuestras súplicas estén en línea con Su voluntad, Él ciertamente cumplirá nuestras oraciones, así que debemos tener fe en Dios. Todos hemos pasado por este tipo de cosas: A veces cuando nos encontramos con una dificultad y no sabemos qué hacer, nos acercamos a Dios en la oración, y a través de la lectura de las palabras de Dios y la comunión con los hermanos y hermanas, Dios muy rápidamente nos ilumina y nos guía, dándonos un camino a la práctica. O a veces, hemos estado orando por algo durante mucho tiempo y no hemos recibido una respuesta de Dios, y en esos momentos necesitamos calmar nuestros corazones y esperar que la voluntad de Dios se nos revele. En otras ocasiones, Dios está probando nuestra fe para ver si somos capaces de confiar realmente en Él.
A veces Dios pretende exponer la adulteración dentro de nosotros y limpiar nuestra corrupción. A veces Dios necesita movilizar o hacer arreglos para que personas, cosas o eventos cumplan nuestras oraciones, y esto requiere tiempo y un cierto proceso. También hay veces en que Dios ve que nuestra estatura actual es pequeña y que no podemos manejar o lograr algo por nuestra cuenta, así que espera hasta que nuestra estatura haya crecido un poco, y entonces lo lleva a cabo por nosotros…. Independientemente de si nuestras oraciones a Dios se han cumplido, debemos tener fe en Dios y creer que todo lo que hace en nosotros es bueno, que todo es beneficioso para nuestro crecimiento en la vida, y que las buenas intenciones de Dios existen en todas las cosas. Así que, no importa si las dificultades que enfrentamos sean en nuestra vida diaria o en nuestro servicio a Dios, no podemos perder el ánimo o desanimarnos. Debemos ser como la viuda que busca la justicia, ser constantes, tener una fe genuina en Dios, acudir frecuentemente ante Él en oración, buscar y esperar que se nos revele Su voluntad. Debemos creer que cuando llegue el momento de Dios, obtendremos la iluminación del Espíritu Santo y veremos el poder, la sabiduría y las maravillas de Dios.
Los 4 pasos de la oración arriba mencionados son un camino de práctica para la oración cristiana, y si podemos dominar cómo orar a Dios correctamente y practicarlos, seremos capaces de establecer una relación normal con Dios y entender la verdad dentro de las palabras del Señor. La perspectiva de nuestras almas mejorará siempre, y tendremos cada vez más confianza en nuestra fe y en nuestro seguimiento de Dios. ¡También podemos ser alabados por el Señor cuando oramos a Dios!
Nota del editor: Cómo orar para obtener la aprobación de Dios es una verdad en la que debemos entrar urgentemente. Este ensayo señala un camino para que los cristianos puedan orar para que el Señor escuche: orar a Dios honestamente con nuestros corazones, decirle a Dios lo que hay en nuestros corazones, ponerse en el lugar de un ser creado, y a menudo ofrecer oraciones para que se haga la voluntad de Dios. Creo que, si ponemos en práctica estos cuatro principios, nuestras oraciones serán escuchadas por Dios. Además, me gustaría recomendar los principios de la oración hacia Dios, y espero que todos podamos entrar en este aspecto de la verdad juntos.
]]>Estoy seguro de que muchos de mis hermanos y hermanas han tenido la siguiente experiencia en sus vidas: A pesar de haber recibido la salvación de la cruz y de ser perdonados de nuestros pecados, todavía a menudo pecamos involuntariamente. No importa lo duro que tratemos de abandonar la carne y vencernos a nosotros mismos, todavía nos vemos atrapados en el círculo vicioso del pecado y la confesión y simplemente no podemos liberarnos de los lazos del pecado. Por ejemplo, en nuestras interacciones con los demás, siempre queremos estar en una posición de poder y obligar a otros a hacer lo que queramos. Cuando otras personas tienen ideas diferentes o si su pensamiento no está en línea con el nuestro, nos resistimos a ellas, las rechazamos en nuestros corazones, e incluso las juzgamos y menospreciamos. Cuando conocemos a personas con más talento que nosotros mismos, nos ponemos celosos y no podemos evitar tratar de competir con ellas y esforzarnos contra ellas por ganancias y estatus. Durante el trabajo o en los sermones, a menudo persistimos en lo mucho que hemos trabajado para el Señor y cuánto le hemos dado para exaltarnos y llamar la atención sobre nosotros mismos, sin embargo, ponemos poco énfasis en comunicar la voluntad y los requisitos de Dios. Como resultado, hacemos que nuestros hermanos y hermanas nos adoren y admiren y luego no hay lugar para Dios en sus corazones. A menudo, no podemos evitar que mintamos y engañemos para proteger nuestro propio interés, reputación y estatus, por lo tanto no somo el pueblo honesto que Dios requiere que seamos. Si bien podemos abandonar todo para servir a Dios y trabajar incansablemente, cuando nos encontramos con alguna tragedia o nuestros intereses se ven comprometidos, todavía nos quejamos de Dios y malinterpretamos a Él, o incluso queremos dejar nuestro ministerio. Estos ejemplos abundan. Dado que a menudo pecamos e incluso nos rebelamos contra Dios y nos resistimos a Él, ¿cómo esperamos que lo ganemos a Él o que lleguemos directamente al reino de los cielos?
El Señor dijo: “En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado; y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí permanece para siempre” (Juan 8:34-35). “No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Jehová Dios dijo: “Por tanto, consagraos y sed santos, porque yo soy santo” (Levítico 11:44). El Señor Jesús ciertamente nunca dijo que aquellos que recibieron la salvación de la cruz y cuyos pecados fueron perdonados serían ganados por Dios y arrebatados al reino de los cielos. Más bien, nos dice claramente: “[…] todo el que comete pecado es esclavo del pecado;” y un siervo del pecado ciertamente no es uno del pueblo de Dios. Dios es santo, así que, ¿cómo a aquellos que constantemente están pecando podrían permitírseles entrar en el reino de los cielos? Por lo tanto, sólo aquellos que han renunciado al pecado, han sido limpiados y se convierten en personas que hacen la voluntad del Padre celestial, pueden entrar en el reino de los cielos. Sólo esas personas pueden ser realmente ganadas por Dios.
En este punto, algunos hermanos y hermanas pueden preguntar: “Hemos recibido la gracia salvadora de la crucifixión del Señor Jesús y nuestros pecados han sido perdonados: ¿Eso no significa que ya estemos salvados? ¿Por qué seguimos viviendo en este círculo vicioso de pecado y confesión y no podemos liberarnos de los grilletes del pecado? ¿Por qué es esto?”
La palabra de Dios explica este tema de la siguiente manera: “En ese momento, la obra de Jesús era la redención de toda la humanidad. Los pecados de todos los que creían en Él eran perdonados; mientras creyeras en Él, Él te redimiría; si creías en Él, dejabas de ser un pecador y eras liberado de tus pecados. Esto es lo que significaba ser salvo y ser justificado por fe. Sin embargo, seguía habiendo en quienes creían algo rebelde y opuesto a Dios, y que había que seguir quitando lentamente. La salvación no significaba que el hombre hubiera sido ganado por completo por Jesús, sino que ya no pertenecía al pecado, que sus pecados habían sido perdonados: si creías, ya no pertenecías al pecado” (“La visión de la obra de Dios (2)” en “La Palabra manifestada en carne”). “La carne del hombre es de Satanás, está llena de carácter desobediente, es deplorablemente vil, es algo inmundo. Las personas codician demasiado el gozo de la carne y hay demasiadas manifestaciones de la carne; por eso Dios desprecia la carne del hombre hasta cierto grado. Cuando las personas se deshacen de las cosas viles y corruptas de Satanás, ganan la salvación de Dios. Pero si todavía no se despojan de lo vil y de la corrupción, entonces siguen viviendo bajo el campo de acción de Satanás. Las intrigas, los engaños y la ruindad de las personas son todas las cosas de Satanás. […] Cuando vives bajo el campo de acción de Satanás eres incapaz de manifestar a Dios, eres algo vil y no puedes recibir la herencia de Dios. Una vez que hayas sido purificado y perfeccionado, serás santo, serás normal, y Dios te bendecirá y serás precioso para Él” (“Práctica (2)” en “La Palabra manifestada en carne”). “Los pecados del hombre podían ser perdonados por medio de una ofrenda por el pecado, pero el hombre ha sido incapaz de resolver el problema de cómo no pecar más y cómo poder desechar completamente su naturaleza pecaminosa y ser transformado. Los pecados del hombre fueron perdonados gracias a la obra de la crucifixión de Dios, pero el hombre siguió viviendo en el viejo carácter satánico y corrupto. Así pues, el hombre debe ser completamente salvo de este carácter satánico corrupto para que la naturaleza pecadora del hombre sea del todo desechada y no se desarrolle más, permitiendo así que el carácter del hombre cambie. Esto requiere que el hombre entienda la senda del crecimiento en la vida, el camino de la vida, y el camino del cambio de su carácter. También necesita que el hombre actúe de acuerdo con esa senda, de forma que su carácter pueda ser cambiado gradualmente y él pueda vivir bajo el brillo de la luz y que pueda hacer todas las cosas de acuerdo con la voluntad de Dios, desechar el carácter satánico corrupto, y liberarse de la influencia satánica de las tinieblas, aflorando de este modo totalmente del pecado. Sólo entonces recibirá el hombre la salvación completa” (“El misterio de la encarnación (4)” en “La Palabra manifestada en carne”).
Todos sabemos que en el período posterior de la Era de la Ley, las personas se volvieron cada vez más pecadoras y estaban en riesgo de ser condenadas y ejecutadas bajo la ley. De acuerdo con las necesidades del hombre en ese momento, Dios encarnado en la carne como el Señor Jesús para realizar el paso de la obra de la redención de la humanidad, promulgar el camino del arrepentimiento del hombre y redimir al hombre de ser condenado y atado por la ley. Habiendo recibido la salvación del Señor Jesús, estamos calificados para venir ante Dios en oración. Si volvemos al pecado, mientras confesemos y nos arrepintamos a Dios, nuestros pecados serán perdonados. Este es el verdadero significado de la salvación. Claramente, lo que pensamos que es la salvación no es más que el ser perdonados de nuestros pecados y no ser condenados ni ser ejecutados según la ley. Sin embargo, ser salvos no significa que hayamos sido ganados por Dios, y tener nuestros pecados perdonados no significa que ya no tengamos pecado dentro de nosotros. El Señor Jesús sólo nos absolvió de nuestros pecados, pero no nos ha absuelto de nuestra naturaleza pecaminosa. La naturaleza satánica como la arrogancia y la presunción, el egoísmo y la bajeza, la codicia y el mal, y la torpeza y el engaño todavía nos controlan, y todavía dominan nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos hacen pecar con frecuencia y resistir involuntariamente a Dios. Si no podemos librarnos de estos caracteres corruptos, nunca podremos someternos genuinamente a Dios y adorarlo. Como tal, siempre viviremos bajo el dominio de Satanás y seremos uno de los pueblos de Satanás.
Si queremos ser ganados por Dios y llegar a ser uno de Su pueblo, debemos apartar nuestros caracteres satánicos, liberarnos de los grilletes del pecado y ser limpiados. Debemos tener amor genuino y sumisión a Dios, escapar de la influencia de Satanás y vivir en la luz. Esta es la única manera en que podemos ser calificados para ser llevados al reino de los cielos por Dios. Entonces, ¿cómo podemos ser limpios y entrar en el reino de Dios? De hecho, con respecto a este asunto, el Señor Jesús profetizó hace mucho tiempo: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar. Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir” (Juan 16:12-13). “Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo; porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue; la palabra que he hablado, esa lo juzgará en el día final” (Juan 12:47-48). Y dice en 1 Pedro 4:17: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; […]”. El Señor Jesús sabía que aquellos que habían sido redimidos recientemente de la ley sólo serían capaces de confesar y arrepentirse basándose en el conocimiento de su pecado. Todavía no estaban en el punto en el que podían entender las verdades más profundas sobre cómo librarse del pecado. El Señor Jesús estaba comprendiendo el hecho de que el hombre todavía estaba en ese estado inmaduro, por lo que no expresó verdades con respecto a la purificación del hombre en ese momento. De las profecías del Señor Jesús podemos ver que vendrá de nuevo en los últimos días para hacer la obra de juicio que comienza desde la casa de Dios, y nos impartirá todas las verdades de que necesitamos ser limpiados y alcanzar la salvación plena. Nos mostrará el camino para cambiar nuestro carácter, deshacernos de nuestra naturaleza pecaminosa, librarnos de nuestro carácter corrupto y satánico y ser limpiados para que podamos ser calificados para entrar en el reino de Dios. Sólo aceptando la obra de juicio de Dios en los últimos días y aceptando la purificación de las palabras de Dios, podemos nosotros, que hemos recibido la salvación de la cruz, salir completamente del ciclo del pecado y de la confesión y ser ganados por Dios.
En estos días, los desastres en todo el mundo se están desarrollando en una cada vez mayor escala y muchas de las profecías asociadas con el regreso del Señor ya se han cumplido. Muchos hermanos y hermanas creen que el Señor muy bien podría haber regresado ya. En este momento crucial para acoger el regreso del Señor, debemos ser como las vírgenes sabias y escuchar atentamente la voz de Dios. Cada vez que escuchamos a alguien testificar que el Señor ha regresado, ha emitido Su palabra y está haciendo la obra de juicio, debemos buscar e investigar con una mente abierta. Debemos evaluar si la palabra emitida es la verdad y pueden señalarnos el camino de ser purificados. Mientras oremos y busquemos, Dios nos guiará. Porque el Señor ha dicho anteriormente: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Que todos los hermanos y hermanas acojan el regreso del Señor, acepten Su obra de juicio en los últimos días, pronto nos liberemos de nuestros caracteres corruptos y seamos arrebatados por Dios al reino de los cielos. ¡Amén!
]]>¿Qué es el pecado?
Cuando tratamos del pecado, es muy fácil que recordemos este versículo escrito en la Biblia. “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Son pecados, el homicidio, el incendio provocado, el robo, el hurto, la idolatría, etc., estos son pecados que se ven en las personas, que a simple vista en su conjunto configuran su trastorno. El Señor dijo que hay pecados ocultos en nuestros pensamientos. Por ejemplo, el Señor Jesús dijo: “Pero lo que sale de la boca proviene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias” (Mateo 15:18-19). Por estos versículos podemos observar que ya sean pecados de nuestros hechos o pecados de pensamientos, todos ellos van en contra de las palabras, la verdad y nos hacen resistirnos y ser rebeldes para con Dios, ambas cosas son pecados contra Dios.
Ya sabemos qué es el pecado, si lo comparamos con nosotros mismos, nos damos cuenta que estamos llenos de pecado y que en cualquier momento y en cualquier lugar podemos resistirnos y ser rebeldes contra Dios. Por ejemplo, vivimos según nuestra condición satánica de arrogancia y vanidad, pensando que podemos mandar a los demás, nunca escuchando a nadie y siempre queriendo tener razón y tener la última palabra. Cuando difundimos y trabajamos para el Señor, nos manifestamos y nos enaltecemos para que otros nos admiren y nos miren; estamos compitiendo con Dios. Nuestra disposición Satánica nos hace vivir siendo egoístas y codiciosos, por lo que ponemos en primer lugar nuestros intereses personales en todas las cosas, y en nuestras relaciones con los demás, planeamos contra ellos y nos involucramos en disputas recelosas en aras de nuestro propio beneficio: hemos perdido nuestra humanidad y razón. Tenemos la condición satánica de ser retorcidos y mentirosos, así que no podemos evitar decir mentiras y siempre engañar a otros en bien de nuestros propios intereses; no solo engañamos a las personas, sino también a Dios: Decimos y hablamos todo lo que parece agradable ante Dios, deseando obtener la gracia y las bendiciones de Dios. Pero cuando nos llegan enfermedades, desastres naturales o sufrimientos y pruebas provocados por el hombre, culpamos y traicionamos a Dios. He aquí algunos ejemplos. Las personas que viven en pecado y no pueden practicar la verdad son esclavos del pecado. El resultado de pecar es ser juzgado, maldecido y destruido y no estar capacitado para entrar en el reino de los cielos. Esto viene establecido por el carácter santo y justo de Dios. Tal como Dios lo expresa: “Todo el que comete pecado es esclavo del pecado; 35 y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí permanece para siempre” (Juan 8:34-35). “El alma que peque, esa morirá” (Ezequiel 18:20). “Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados, sino cierta horrenda expectación de juicio, y la furia de un fuego que ha de consumir a los adversarios” (Hebreos 10:26-27).
Cómo ser libre de las ataduras del pecado
Las personas que pecan a menudo no obtienen nunca la aprobación de Dios, ¿cómo podemos deshacernos de las cadenas del pecado, obtener la purificación y convertirnos en personas que se ganan el halago de Dios y entran en el reino de los cielos? De hecho, el Señor Jesús nos prometió que regresaría en los últimos días para hacer la obra de purificarnos y salvarnos. Por ejemplo, la Biblia profetiza: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar. Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir” (Juan 16:12-13). “El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue; la palabra que he hablado, esa lo juzgará en el día final” (Juan 12:48). “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17). “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). En estos versículos podemos ver que el Señor expresará muchas verdades que usará cuando regrese. Sus palabras son para juzgar nuestros pecados para que podamos obtener la purificación y deshacernos de las ataduras del pecado. Si aceptamos la obra de juicio del Señor de su regreso, tendremos la esperanza de solventar nuestra naturaleza pecaminosa y satánica, obtener la purificación, ganarnos el elogio de Dios y entrar en el reino de Dios.
Pienso que son muchas las personas que han escuchado testificar que el Señor Jesús ha regresado como el Dios Todopoderoso encarnado. Dios Todopoderoso ha expresado todas las verdades que necesitamos para alcanzar la completa salvación para juzgar y purificar a todas las personas que aceptan la obra de Dios de los últimos días. Con esto se cumplen las profecías del regreso del Señor para expresar las verdades y hacer la obra de juicio comenzando por la casa de Dios.
Leamos más de las palabras de Dios Todopoderoso. Dios Todopoderoso dice: “Aunque Jesús hizo mucha obra entre los hombres, sólo completó la redención de toda la humanidad y se convirtió en la ofrenda por el pecado del hombre; no lo libró de la totalidad de su carácter corrupto. Salvar al hombre totalmente de la influencia de Satanás no sólo requirió que Jesús se convirtiera en la ofrenda por el pecado y cargara con los pecados del hombre, sino también que Dios realizara una obra incluso mayor para librar completamente al hombre de su carácter satánicamente corrompido. Y, así, ahora que el hombre ha sido perdonado de sus pecados, Dios ha vuelto a la carne para guiar al hombre a la nueva era, y comenzó la obra de castigo y juicio. Esta obra ha llevado al hombre a una esfera más elevada. Todos los que se someten bajo Su dominio disfrutarán una verdad más elevada y recibirán mayores bendiciones. Vivirán realmente en la luz, y obtendrán la verdad, el camino y la vida”.
“Cristo de los últimos días usa una variedad de verdades para enseñar al hombre, para exponer la sustancia del hombre y para analizar minuciosamente sus palabras y acciones. Estas palabras comprenden verdades diversas tales como el deber del hombre, cómo el hombre debe obedecer a Dios, cómo debe ser leal a Dios, cómo debe vivir una humanidad normal, así como la sabiduría y el carácter de Dios, etc. Todas estas palabras están dirigidas a la sustancia del hombre y a su carácter corrupto. En particular, las palabras que exponen cómo el hombre desdeña a Dios se refieren a que el hombre es una personificación de Satanás y una fuerza enemiga contra Dios. Al realizar Su obra del juicio, Dios no aclara simplemente la naturaleza del hombre con unas pocas palabras; la expone, la trata y la poda a largo plazo. Todos estos métodos diferentes de exposición, de trato y poda no pueden ser sustituidos con palabras corrientes, sino con la verdad de la que el hombre carece por completo. Solo los métodos de este tipo pueden llamarse juicio; solo a través de este tipo de juicio puede el hombre ser doblegado y completamente convencido por Dios y, además, obtener un conocimiento verdadero de Dios. Lo que la obra de juicio propicia es el entendimiento del hombre sobre el verdadero rostro de Dios y la verdad sobre su propia rebeldía. La obra de juicio le permite al hombre obtener mucho entendimiento de la voluntad de Dios, del propósito de la obra de Dios y de los misterios que le son incomprensibles. También le permite al hombre reconocer y conocer su esencia corrupta y las raíces de su corrupción, así como descubrir su fealdad. Estos efectos son todos propiciados por la obra del juicio, porque la esencia de esta obra es, en realidad, la obra de abrir la verdad, el camino y la vida de Dios a todos aquellos que tengan fe en Él. Esta obra es la obra del juicio realizada por Dios”.
De estas palabras de Dios entendemos que el Señor Jesús hizo la obra de redimir el pecado en la Era de la Gracia. Que recibamos del Señor la salvación y absorción de nuestros pecados y que ya no estaremos condenados y sometidos al castigo de la ley y que podemos orar directamente con el señor y disfrutar de la gracia dada por el Señor. Pero esta obra del Señor no fue para resolver la naturaleza pecaminosa del hombre y Él nunca nos libró de nuestra naturaleza pecaminosa. Es por eso que debemos aceptar la obra de juicio de Dios de los últimos días. Solo así podremos solucionar nuestra naturaleza pecaminosa.
El Dios Todopoderoso, el Cristo de los últimos días, ha regresado. Fundamentalmente en la obra de redención del Señor Jesús, Él expresa muchas verdades y ha realizado la obra de juicio para solventar nuestra naturaleza pecaminosa. Dios Todopoderoso expone nuestros hechos de obras, y pensamientos corruptos de cómo le desobedecemos y nos resistimos, todo ello para que podamos reflexionar y mostrar nuestra naturaleza satánica de resistir a Dios y poder tener un corazón arrepentido. También Dios nos manifiesta Su voluntad y nos dice e indica las formas de practicar de cómo ser leales, la verdadera obediencia para con Dios. También nos manifiesta, la verdadera obediencia, y cómo vivir una humanidad normal, cómo lograr una transformación en nuestra vida a través de la búsqueda, para que las personas sean aprobadas y salvadas por Dios, y nos dice más palabras. Todos los que han aceptado la obra de juicio de Dios Todopoderoso de los últimos días han adquirido algún conocimiento de la sabiduría de la obra de Dios, el carácter justo de Dios y la intención de Dios de salvar a las personas, y así desarrollar un corazón de reverencia por Dios, además han comenzado a odiar su propia corrupción, y solucionar y practicar la verdad de satisfacer a Dios.
Cuando experimentamos la obra de juicio de Dios Todopoderoso, ya sea de nuestra conducta pecaminosa o descubramos los pensamientos corruptos que están ocultos en nuestra mente, ya no nos arrepentiremos solo de palabra y no confiaremos en nuestro propio autocontrol, al revés seremos capaces de odiarnos a nosotros mismo de todo corazón y estar dispuestos a dejar nuestras convicciones y consentir que las palabras de Dios sean los principios de nuestras acciones y palabras. De esta manera, sin que nos demos cuenta, experimentaremos un cambio en nuestra vida, nos alejaremos poco a poco de nuestra condición degenerada de pecar durante el día y confesarnos por la noche, y de esta manera seremos capaz de mostrar verdaderamente cierta obediencia para con Dios. Por consiguiente de estos se deduce que la obra de juicio de Dios Todopoderoso de los últimos días expresa la verdad, esto es justo lo que necesitamos los seres humanos corruptos y también es la mayor salvación de Dios para nosotros mismos.
En este punto de nuestra unión, entendemos que sin experimentar el juicio de Dios Todopoderoso en los últimos días, verdaderamente nunca entenderemos la raíz de nuestra propia corrupción, no conoceremos el carácter justo de Dios ni desarrollaremos un corazón de devoción por Dios. Por lo tanto, nunca nos liberaremos de los vínculos del pecado. Solo al someternos al juicio y la purificación de Dios Todopoderoso tendremos la oportunidad de aniquilar nuestro carácter corrupto y finalmente seremos capaces de temer a Dios, evitar el mal, y transformarnos en personas que aman, obedecen y adoran a Dios, viviendo como verdaderos seres humanos. Solo entonces estaremos preparados para recibir la bendición de Dios y entrar en el reino de los cielos. Los videos y los testimonios de las experiencias, de aquellos que han experimentado el juicio de las palabras de Dios Todopoderoso y cuyas disposiciones han sufrido cambios están disponibles en línea, sus títulos son: Cómo cambié mi yo arrogante, Liberado de la fama y la fortuna, Cosechando alegría en medio del sufrimiento, y muchos más. Todo esto muestra que sólo aceptando la obra de juicio de Cristo de los últimos días podemos liberarnos de las cadenas del pecado; este es el único camino al reino de los cielos.
]]>El Señor Jesús favoreció a Pedro
Dios es justo y ciertamente no haría nada por error. El Señor le dio las llaves del reino de los cielos a Pedro porque el Señor lo prefirió. ¿Pero por qué? Porque cuando el Señor Jesús preguntó a los discípulos quién era Él, de los doce discípulos del Señor Jesús, sólo Pedro recibió la iluminación del Espíritu Santo y reconoció que el Señor Jesús era Cristo, el Hijo del Dios vivo. Además, cuando el Señor Jesús dijo que Él era el pan de vida y que la gente sólo necesitaba comer Su carne y beber Su sangre para obtener la vida eterna, bastantes personas desarrollaron opiniones y renunciaron a seguir al Señor. Sólo Pedro dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios” (Juan 6:68-69). De estos dos eventos podemos ver que Pedro tenía un verdadero entendimiento del Señor Jesús por Su obra y palabras, que estaba completamente seguro de que el Señor Jesús era Cristo y el camino a la vida eterna. Así que no importaba cómo los fariseos juzgaran, condenaran y atacaran al Señor Jesús, él nunca se confundió, y aunque otros abandonaran al Señor Jesús, él nunca se sintió constreñido y continuó manteniendo su devoción, siguiendo al Señor hasta el final. Así, Pedro se convirtió en aquel a quien el Señor Jesús prefería.
En este punto, tal vez algunos hermanos y hermanas preguntarán: Pedro negó al Señor tres veces, entonces, ¿cómo puede ser llamado alguien que ama y conoce al Señor? Vamos a profundizar en cómo Pedro mereció la aceptación y la aprobación del Señor.
Pedro se empeñó en amar y conocer al Señor y así se ganó Su aprobación
El Señor Jesús nos dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento” (Mateo 22:37-38). “Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 14:23-24). “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Está claro en las palabras del Señor que Él espera que todos le amemos con todo nuestro corazón y mente, que practiquemos según Sus palabras y que mantengamos el camino del Señor. Estos son Sus requisitos para nosotros y son la norma para ganar Su alabanza y entrar en el Reino de los Cielos. La búsqueda de Pedro se basó en estas palabras del Señor; se fijó la meta de amar a Dios y buscó convertirse en alguien que ama a Dios. Cuando el Señor Jesús fue arrestado en el Huerto de Getsemaní, Pedro se apresuró a protegerlo, cortando la oreja del siervo del sumo sacerdote. Aunque fue bastante imprudente de parte de Pedro hacer eso, nos muestra que se adelantó en un momento peligroso, mostrando que realmente amaba al Señor en su corazón y que genuinamente quería protegerlo. Aunque Pedro negó al Señor tres veces, además de arrepentirse y detestarse a sí mismo, también aprovechó esa oportunidad para reflexionar sobre el motivo de su fracaso. Vio que, aunque tenía el deseo de dar su vida por el Señor, no poseía la realidad del amor genuino por Él ni de dar su vida por Él. Todavía estaba sujeto a las limitaciones de la muerte y no se atrevía a poner su vida en juego. Así, estableció su meta para su futura búsqueda, que durante el resto de su vida sólo buscaría amar y satisfacer al Señor. La humanidad y la búsqueda de Pedro fueron alabadas por el Señor, por lo que el Señor Jesús favoreció a Pedro y le dio las llaves del Reino de los Cielos. Pedro permaneció fiel al encargo del Señor durante toda su vida -después de que el Señor Jesús resucitara y volviera al cielo- Pedro fue por todas partes difundiendo el evangelio y pastoreando rebaños. Dio testimonio de las palabras del Señor y de Su voluntad y enseñó a la gente a poner en práctica las palabras del Señor. En su trabajo, Pedro apoyaba a los hermanos y hermanas con las verdades que entendía y su genuina comprensión de Dios, exaltando y dando testimonio de Dios en todas partes y llevando a los hermanos y hermanas ante el Señor. Y no importaba que fuera perseguido por los líderes dentro de la fe judía o que fuera perseguido por el gobierno romano, pasando por todos los sufrimientos y dificultades, Pedro fue inquebrantablemente fiel a la comisión de Dios y nunca olvidó Su directiva. Cuando el tirano romano Nerón quiso asesinar a los cristianos, Pedro escapó de la ciudad de Roma con la ayuda de otros. El Señor Jesús se le apareció a Pedro y le dijo que sería crucificado de nuevo por su causa. Una vez que Pedro comprendió la voluntad del Señor, no dudó en dar marcha atrás, entregando su vida para ser clavado en la cruz boca abajo, logrando el testimonio de la obediencia hasta la muerte y el amor definitivo de Dios.
Comparándonos con las experiencias de Pedro, en nuestra fe y lo que hemos dedicado al Señor, sólo hemos pensado en cómo podemos entrar en el Reino de los Cielos y ser recompensados. No hemos pensado en cómo poner en práctica las palabras del Señor ni en cumplir Sus requisitos. En nuestro trabajo, no hemos pensado en cómo comunicar la voluntad del Señor a los hermanos y hermanas, y en el curso de la predicación del evangelio, cuando encontramos dificultades y no hemos sido capaces de apoyar a nuestros hermanos y hermanas, nos volvemos negativos y débiles, perdiendo la confianza en el Señor. Todos nuestros comportamientos demuestran que no somos personas que aman al Señor. Por eso debemos emular a Pedro, procurando conocer y amar a Dios. Sólo así seremos alabados por el Señor.
¿Cómo Pedro buscó conocer y amar al Señor?
Entonces, ¿cómo buscó Pedro conocer y amar al Señor? ¿Qué podemos aprender de él? Las palabras de Dios hablan muy claramente de este aspecto de la verdad. Dios Todopoderoso dice, “Pedro siguió a Jesús durante varios años y vio en Él muchas cosas que no había en otras personas. […] En la vida, Pedro se medía contra cada cosa que Jesús hacía. Principalmente, los mensajes que Jesús predicaba se grababan en su corazón. Estaba totalmente dedicado a Jesús y era fiel a Él, y nunca se quejó de Él. Como consecuencia, se convirtió en el fiel compañero de Jesús dondequiera que Él iba. Pedro observaba las enseñanzas de Jesús, Sus amables palabras, lo que Él comía, lo que vestía, dónde se hospedaba y cómo viajaba. Seguía el ejemplo de Jesús en cada aspecto. Jamás fue un santurrón, pero se deshizo de todas sus cosas obsoletas y siguió el ejemplo de Jesús en palabra y acto. Fue entonces cuando Pedro sintió que los cielos, la tierra y todas las cosas estaban en las manos del Todopoderoso y que, por esta razón, no tenía una opción personal. Pedro también asimiló todo lo que Jesús era y lo utilizó como un ejemplo” (“Sobre la vida de Pedro”).
“Tras un periodo de experiencia, Pedro vio en Jesús muchas de las obras de Dios, vio la hermosura de Dios y vio mucho del ser de Dios en Jesús. Así, también vio que las palabras de Jesús no podían ser palabras dichas por un hombre, y que la obra que Jesús hizo no podría haberla realizado un hombre. En las palabras y los hechos de Jesús, Pedro vio además gran parte de la sabiduría de Dios y mucha obra de naturaleza divina. Durante sus experiencias, no solamente llegó a conocerse a sí mismo, sino que también se centró en observar todas las acciones de Jesús, de las que descubrió muchas cosas nuevas, como por ejemplo, que había muchas expresiones del Dios práctico en la obra que Él hizo por medio de Jesús, y que las palabras y los actos de este, las formas en que pastoreó a las iglesias y la obra que realizó diferían de los de un hombre corriente. Así, Pedro aprendió de Jesús muchas lecciones que se suponía que debía de aprender y para cuando Jesús estaba a punto de ser clavado en la cruz, había obtenido algún conocimiento de Él, conocimiento que fue la base de su lealtad de por vida a Jesús, y de su crucifixión boca abajo, la que sufrió por amor al Señor” (“Solo aquellos que conocen a Dios pueden dar testimonio de Él”).
Podemos ver en estos dos pasajes que Pedro anhelaba conocer al Señor y cuando estaba interactuando con el Señor Jesús, asimilaba cada pequeña cosa que Jesús decía y hacía. En Él, Pedro vio una gran cantidad de divinidad. Por ejemplo, las palabras pronunciadas por el Señor Jesús eran la verdad; estaban llenas de poder y autoridad y podían proporcionar el sustento para las necesidades espirituales de las personas. Los milagros y las cosas extraordinarias que el Señor Jesús hacía revelaban la autoridad y la omnipotencia de Dios y eran cosas que ningún humano podía hacer. El Señor Jesús salvó misericordiosamente a los pecadores, perdonando todos los pecados y otorgando ricas bendiciones a la humanidad; estaba lleno de misericordia y amor por los seres humanos. Pedro también vio en el Señor Jesús que reprendía y condenaba a los fariseos con los siete ayes, que Su disposición era santa y justa, y no toleraba la ofensa del hombre. Mientras trabajaba, no importaba lo que sufriera Su carne o lo arduo de Su trabajo, incluso si significaba sacrificar Su propia vida, el Señor Jesús estaba decidido a cumplir plenamente la comisión de Dios. Pedro vio que la esencia de Cristo era la obediencia a la voluntad de Dios Padre. Pedro vio una gran cantidad de divinidad en Jesús y obtuvo una comprensión genuina y práctica de Dios. Además, Pedro guardó las palabras del Señor Jesús en su corazón, meditándolas con frecuencia y buscando entender la voluntad del Señor a partir de ellas para poder cumplir con los requisitos de Dios para la humanidad. En una ocasión, Jesús le preguntó tres veces “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Juan 21:16). Pedro contemplaba esto con frecuencia y, a través de sus reflexiones, comprendió que lo que amaba era sólo un vago Dios en el cielo, pero no el verdadero Cristo. Se dio cuenta de que eso no era amar verdaderamente a Dios, y que sólo amar a Cristo en la tierra era amar genuinamente a Dios. A partir de entonces rezaba a menudo y buscaba cómo alcanzar el amor al Señor. Al final logró el máximo amor a Dios y la obediencia hasta la muerte, convirtiéndose en alguien que amaba verdaderamente a Dios. Pedro también fue capaz de aceptar y obedecer las críticas del Señor Jesús, y buscar la verdad a partir de ellas. Cuando se enteró de que Jesús iba a ser crucificado y trató de bloquearlo, diciendo que no podía ser así, Jesús lo reprendió duramente, diciendo “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (Mateo 16:23). Pedro comprendió por la fuerte reprimenda de Jesús que todo lo que obstaculiza la voluntad de Dios es un acto de Satanás y condenado por Dios. Podemos ver de esto que era importante para Pedro entender al Señor a partir de Su obra, acciones, sermones y reprimendas, y es por esto que tuvo un verdadero entendimiento del Señor y desarrolló un corazón de amor genuino por Él.
Hermanos y hermanas, ahora podemos entender: No fue por nada que el Señor Jesús alabó a Pedro y le dio las llaves del Reino de los Cielos. Jesús tenía afinidad con la humanidad y el calibre de Pedro, y su corazón de amor por la verdad y por el Señor. Sabía que Pedro era el más digno de Su encargo y de Su confianza, y por eso le confió la gran responsabilidad de pastorear Su rebaño. En el pasado, por no entender la verdad y ser incapaces de ver a través de la esencia de las personas, delimitamos a Pedro según el hecho de que negó al Señor tres veces por una debilidad temporal. De hecho, Pedro sólo llevaba tres años siguiendo al Señor en ese momento, por lo que su fe aún no era tan grande. En una coyuntura crítica entre la vida y la muerte, la debilidad de la carne es totalmente esperable. Si hubiéramos sido nosotros, tal vez habríamos huido cuando se llevaron a Jesús. Por lo tanto, debemos creer que Dios es justo y que inspecciona los corazones y las mentes de las personas. Ya que Dios le dio las llaves del Reino de los Cielos a Pedro, debemos buscar la verdad para entender por qué Pedro fue aprobado por el Señor según Sus palabras. De esta manera, no sólo se puede resolver nuestra confusión, sino que también es beneficioso para nosotros encontrar el camino para ser bendecidos y alabados por Dios. ¡Gracias a Dios!
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